Mahmud Darwish en sus propias palabras
El 17 de febrero de 1976, mientras Beirut se hallaba sumido en la guerra civil, el periodista francés Bernard Violet se encontró con Mahmud Darwish (1941-2008), que llevaba tres años viviendo en el Líbano tras abandonar los territorios palestinos ocupados. Durante una entrevista de varias horas, llevada a cabo con la ayuda del sociólogo Michel Seurat (1947-1986), el poeta volvió sobre los sucesos fundacionales de su vida: el exilio de 1948, su infancia como refugiado, su compromiso político y su concepción de una poesía a la vez estética y comprometida. Prevista originalmente para ser emitida por France Culture antes de ser finalmente rechazada, la entrevista ha permanecido inédita durante medio siglo.
A la edad de siete años, Mahmud Darwish no era Mahmud Darwish. Recuerdo muy bien a ese niño. Era tranquilo y su vida era fácil. Entró en la escuela con cinco años. Creo que fue un alumno brillante. Creo que también era un poco aventurero. Vivía en un pueblecito llamado Al Birwa, cerca de Acre (1).
Un día, al volver de la escuela, no encontró a su madre en casa. Le dijeron que había ido a Acre en compañía de su abuela. De inmediato decidió ir a buscarlas, sin saber que Acre es una ciudad. Tomó, pues, la carretera principal y caminó varias horas. Nunca tuvo miedo, solo un poco de sed. Era obstinado y deseaba ardientemente reunirse con su madre. Tuvo la sensación de estar viviendo una gran aventura. Descubrió qué era una ciudad, con sus calles, sus casas y sus habitantes. Por supuesto, no encontró a su madre y, tras llorar, decidió volver por donde había venido. Al llegar al pueblo, encontró a todo el mundo angustiado por su desaparición. Habían mirado en todos los pozos por si se había caído en uno de ellos. Cuando un niño desaparece en un pueblo, la gente siempre empieza por inspeccionar los pozos. Recuerdo bien esa anécdota.
Aunque el niño no cayó en el pozo aquel día, sí lo hizo otra cosa unos días después. Era una noche de primavera (2) cuando unos disparos despertaron a mi padre. Agarraron al niño que yo era junto con varios utensilios de cocina y toda la familia se puso en marcha bajo la luz de la luna a través de los olivares para, al cabo de varias horas de camino, encontrarse en el Líbano. Fue en aquel momento cuando el niño supo por primera vez que era un “refugiado”. Aquel día supo también que el gozo que hasta entonces había gobernado su vida se hallaba para siempre en el fondo de un pozo.
Lo recuerdo muy bien en el Líbano, en los campos de refugiados palestinos. Fue allí donde empezó su verdadera toma de conciencia del mundo. No sabía lo que significaban las palabras “exilio”, “Israel” o “retorno”. Ningún niño necesita esas palabras, pero él sí las necesitaba, porque convivía con ellas. El niño pasó repentinamente de la infancia al mundo de los adultos. Su toma de conciencia del drama palestino se construyó viviendo en persona ese drama. Le llegó a través de las palabras y así fue como entró en el mundo del verbo.
Cuando tuvimos que emigrar, teníamos la sensación de que el problema era solo provisional, que los árabes vencerían a los agresores y que todo acabaría en unas semanas. Un año después, la gente se dio cuenta de que tal era nuestro destino. Había que regresar a Palestina sin pensar en lo que pasaría tras el regreso. De modo que volvimos al pueblo a escondidas.
Aquel retorno era para nosotros como un sueño hecho realidad, pero el sueño estaba hecho pedazos. El propio pueblo estaba hecho pedazos. Era refugiado en el Líbano y acabé siendo refugiado en mi propio país. Tuvimos que esforzarnos mucho para conseguir nuestra identidad legal, ya que, según la legislación israelí, éramos “presentes ausentes” (3).
Al principio, cuando iba a la escuela, tenía que esconderme por miedo a que el vigilante me viera, ya que no tenía autorización alguna. Como no tenía carné de identidad, no era un ciudadano. Fue así como empezó la lucha.
Debía elegir: o no presentar batalla o luchar y, por consiguiente, escribir poesía. Opté por la lucha, y eso forjó mis relaciones con la autoridad
Recuerdo que a los diez años me apasionaban la literatura y la poesía. Escribía todo lo que nos pasaba a mis padres y a mí. A los trece o catorce años, recité un poema durante una gran fiesta organizada para celebrar la creación del Estado de Israel. Las autoridades pidieron a todas las escuelas que festejaran con discursos el aniversario. El director de la escuela dijo unas palabras, luego habló el profesor y uno de los alumnos dio un tercer discurso. Como era un alumno brillante, sobre todo en disertación, y como el profesor había advertido en mí buenas aptitudes para la poesía, me eligieron para recitar un poema. Estaba muy contento, y escribí un poema contra la historia aquella de la creación del Estado.
Hablé de nuestro drama como refugiados, de la dispersión del pueblo palestino, del saqueo de la tierra y de la persecución por parte de los gobernadores militares. Era un sentimental y carecía de inteligencia política. Se armó un revuelo terrible en el pueblo, y fue entonces cuando el gobernador militar me ordenó que fuera a su casa. Me pegó y me amenazó con meterme en la cárcel si seguía escribiendo poemas. La poesía no era nada serio para mí, más bien una especie de entretenimiento y una forma de desahogo sentimental. Aquel día, el gobernador militar decidió mi camino: escribir poesía. Entendí, en efecto, que esta era un arma. Debía elegir: o no presentar batalla —o sea, no escribir— o luchar y, por consiguiente, escribir poesía. Opté por la lucha, y eso forjó mis relaciones con la autoridad.
Más adelante, cuando fui al instituto, reparé en que los israelíes nos enseñaban el modo perfecto de convertirnos en sionistas. Estudié todo lo relativo al pueblo judío, pero no gran cosa del islam y la historia del pueblo árabe. Estudié, por ejemplo, la mayoría de las obras del poeta judío Jaim Najman Biálik (4). Me aprendí su poesía de memoria. Por el contrario, solo conocía un poema de Al Mutanabbi (5). Debía aprenderme la Biblia hebrea de memoria para aprobar los exámenes, a diferencia del Corán, que jamás estudié. Todas las obras literarias que abordaban la cuestión nacional estaban prohibidas. Había profesores árabes que enseñaban a los alumnos algunos poemas antiguos que exaltaban la gloria de nuestra cultura. Cuando eran sorprendidos “en falta”, les prohibían enseñar y los expulsaban.
El joven árabe no elige meterse en política, es más bien la política la que acude a su encuentro: en la escuela, en los desplazamientos, durante los viajes, dentro mismo del país, te enfrentas a problemas políticos
El joven árabe no elige meterse en política, es más bien la política la que acude a su encuentro: en la escuela, en los desplazamientos, durante los viajes, dentro mismo del país, te enfrentas a problemas políticos. Por supuesto, cuando eres joven, no percibes la necesidad, la importancia de organizarse. Consideras que rechazas el orden de cosas vigente y que con expresar tu rechazo por medio de palabras o de la poesía es más que suficiente. Pero, cuando empecé a leer libros, a formarme en el plano político, entendí la necesidad de afiliarme a un partido revolucionario que luchara contra esas políticas y que recogiera las aspiraciones nacionales del pueblo árabe palestino. Así fue como entré en el Partido Comunista Israelí (PCI) justo después de acabar mis estudios de secundaria (6). Me convertí en redactor en el periódico del partido, Al Jadid, y más adelante en redactor jefe de su revista literaria. Entre el partido y yo el acuerdo era total.
La actividad del PCI parte del principio político —materializado en lo sucesivo— de que la política israelí sionista lleva a la catástrofe y que no hay una solución sionista al problema árabe-israelí. Que la única solución reside en el reconocimiento de los derechos nacionales legítimos del pueblo palestino. Además, da su apoyo constante a las luchas sociales de las masas contra la explotación y el capitalismo israelí. Mis relaciones con la organización perduraron hasta 1970, fecha en la que decidí abandonar esa realidad de manera radical. Me uní a las filas de la resistencia palestina (7). Así pues, mi relación con el partido siempre ha sido una elección intelectual e ideológica, en perfecta armonía. No le di la espalda al PCI, pero ya no soy miembro por la sencilla razón de que ya no estoy presente en tierra ocupada.
En 1973 estaba en el Líbano. Era uno de los pocos que creían desde el primer día que los árabes vencerían o se harían con alguna clase de victoria (8). No tardé en decidirme por tener un papel “literario” en la guerra. Escribía poemas durante los combates. Aunque, naturalmente, cualquier obús suena más fuerte que un poema mientras dura su explosión, la situación puede cambiar más adelante. Escribía a diario sobre los efectos que la guerra tenía en mí. Tanto las emisiones árabes como la prensa reproducían diariamente lo que escribía. Por entonces se consideraba un arma psicológica poderosa en la lucha.
La poesía es un arma. Eso es indiscutible. Pero si esa arma está oxidada, si esa poesía no es buena, nunca podrá desempeñar su función. Creo que la mala poesía, sean cuales sean las intenciones de su autor en lo referente al imperialismo, lo que hace, al fin y al cabo, es más prestarle servicio que perjudicarlo. Para que una poesía sea revolucionaria y pueda desempeñar su función, es preciso, ante todo, que sea hermosa. La mala poesía se aviene con el imperialismo y con la fealdad de la influencia que ejerce en nuestras almas, en el alma humana. La poesía comprometida solo existe a partir del momento en que recoge los problemas del pueblo, la esencia de las cosas, los fenómenos históricos. Es preciso que haya un absoluto que haga de la poesía un objeto estético permanente, capaz de conmover a la gente e impulsarla a abrazar una causa, una lucha, un combate contra un enemigo o un obstáculo. La cuestión de la poesía comprometida se ha convertido en una obviedad entre nosotros, entre los revolucionarios, pero necesita ser sometida a examen en el plano artístico: el arma debe ser buena y estar afilada, debe ser elegante, hermosa y conmovedora.
De ahí que mi trabajo se desarrolle en dos planos: profundizo mis relaciones con la causa palestina y mis relaciones con el lenguaje poético. Camino por dos senderos paralelos. A veces, la belleza de mi poema —su nivel artístico— es hasta tal punto abstracta que pasa por alto su función.
El poeta siempre tiene un papel de agitador, pero ese papel precisamente se acaba enseguida. El problema se plantea con fuerza en el Tercer Mundo. En el mundo árabe, el 80% de la gente es analfabeta (9). No puede leer un periódico. ¿Cómo hago para llegar hasta ellos? ¿Y si escribo solo en árabe dialectal? Cuando el nivel de la poesía se eleva, el número de lectores disminuye. La posición del poeta es muy delicada. ¿Cómo hacer para conciliar el progreso artístico personal con el nivel cultural de los lectores? Esta pregunta solo puede contestarla la experiencia individual. Personalmente, no puedo decir que haya resuelto por completo este dilema. He escrito una poesía muy avanzada por su contenido y su alcance revolucionario, pero su lenguaje es difícil. No escribo para los hombres del presente, para un presente ignorante, sino para el futuro. Mis relaciones con las masas son relaciones de futuro. Considero que la evolución de la literatura no depende únicamente del nivel de la sola literatura, sino también del nivel del trabajo revolucionario. Esa es la razón por la que la lucha no puede renunciar a la elevación general del nivel cultural.
Hace algunos años, yo era un mito en los países árabes, para la prensa, para el mundo literario y para el pueblo. Los ciudadanos árabes, cuando leían mi poesía, me tomaban por un héroe que ponía su vida en peligro, cuando mi vida no tiene absolutamente nada de heroico.
Mi padre sí que es un héroe. Pasó de tener un nivel de vida razonable a una gran miseria en unos cuantos días. Tuvo seis hijos. Tenía unas tierras, pero siempre se negó a venderlas. En la actualidad están confiscadas. Las autoridades israelíes se las compraron por la fuerza e ingresaron el dinero en un banco para que estuviera a disposición de mi padre, que siempre se ha negado a tocarlo, incluso en los momentos más críticos, cuando más lo necesitaba. Prefería morir antes que tocar un solo céntimo de ese dinero. Esa es, creo yo, una actitud patriótica muy hermosa.
A título personal, rindo homenaje al heroísmo, pero esa es una cualidad que no he hecho nada por merecer. Por supuesto, habría podido regodearme en ella sin problema, convertirme en una especie de héroe sin heroísmo. Pero, como soy muy orgulloso, hoy me siento feliz de haber sido el primero en rechazar y denunciar ese mito.
Una vez escribí un artículo que se hizo famoso en el mundo árabe. Se titulaba “Sálvennos de este amor cruel” (10). En él explicaba que solo era un poeta principiante, un poeta que intentaba continuamente mejorar su estilo y que trataba de entender mejor los problemas humanos, el mayor de los cuales seguía siendo, para él, la causa palestina. Y añadía en ese artículo que nunca había dejado de ser el alumno de los grandes pioneros de la poesía árabe, y que la aparición de ese mito no se debía a mérito alguno, sino a la simpatía política hacia los ciudadanos árabes que vivían bajo ocupación israelí.
Cuando se elevó la voz de un poeta —que se dio la circunstancia de ser la mía— que desafiaba esa ocupación y esa supremacía de la autoridad de Israel en el interior mismo de la patria ocupada, aquello tuvo efectos mágicos sobre el alma de las masas árabes. Las críticas ignoraron la necesidad de valorar mi poesía en tanto que poesía, y se conformaron con considerarme un héroe sin heroísmo.
Rechazo esa etiqueta. Rechazo el “mito Mahmud Darwish” y rechazo la exageración en que se basa esa apreciación que no merezco.
Preferiría que Palestina fuera libre y no haber escrito jamás un solo poema.
Notas
(1) Ciudad portuaria de Galilea Occidental, a unos veinte kilómetros de Haifa. Las notas son de la redacción.
(2) La primera guerra árabe-israelí empezó el 15 de mayo de 1948, al día siguiente de la proclamación del Estado de Israel. Las fuerzas israelíes no tardaron en ocupar Galilea occidental, incluyendo el pueblo de Al Birwa, donde vivía la familia Darwish.
(3) La expresión “presentes ausentes” se refiere a los palestinos que permanecieron en Israel tras la guerra de 1948, pero que estuvieron ausentes de su domicilio o su localidad cuando se realizó el censo de noviembre de 1948. Aunque presentes en el territorio, sufrieron la confiscación de sus propiedades en virtud de la Ley de Propiedad de Ausentes aprobada en marzo de 1950.
(4) Nacido en Ucrania, a Biálik (1873-1934) se le considera el poeta nacional de Israel. Sobre su vida y obra, cf. Arianne Bendavid, Haïm Nahman Bialik. La prière égarée. Biographie, Éditions Aden, Bruselas, 2008.
(5) Al Mutanabbi (915-965), “El que se dice profeta”, es considerado el mayor poeta árabe por su dominio de la lengua, su vida aventurera y sus descripciones, a menudo incisivas o satíricas, de las sociedades y gobiernos del Oriente Próximo del siglo X.
(6) Darwish ingresó en el PCI en 1961, con veinte años. Por entonces vivía en Haifa.
(7) En 1970, Darwish dejó Israel para estudiar en Moscú; luego, en 1971, se instaló en El Cairo. En 1973 se unió a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Vivió en Beirut entre 1972 y 1982.
(8) La guerra árabe-israelí de 1973 empezó el 6 de octubre. Darwish, instalado en Beirut, donde por entonces tenían su sede las instituciones de la OLP, se convirtió en una de las principales voces literarias del movimiento nacional palestino.
(9) Según varias fuentes, como los propios Estados, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) o la Organización Árabe para la Educación, la Cultura y la Ciencia (Alecso), entre otras, en 2020 el porcentaje de analfabetos en la región oscilaba entre el 30% y el 40%.
(10) Este texto fue publicado por la revista Al Jadid, n.º 6, Haifa, 1969, con el título original de “Unqidhuna min hadha al-hubb al-qasi”.
Mahmud Darwish
Poeta palestino. 13 de marzo de 1941, Al-Birwa – 9 de agosto de 2008, Boston.
Artículo completo en Le Monde Diplomatique


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