domingo, 10 de mayo de 2026

POESÍA CONTRA EL GENOCIDIO: Planto, por Juan Barja

 

 

 

Samia Halaby "Palestine is our Home"

 

 

 

 

Planto, por Juan Barja

 

 

 

Villancico[1]

 

Jugando entre las flores

cantaban los pastores

y un ángel dormitaba en el portal,

y había una doncella

y un niño y una estrella

y un buey y una mulilla de metal.

 

La luz iba aumentando,

la noche iba soñando

que el día ya venía con el sol,

y un verde pajarito

cogía con el pico

semillas de la flor de un girasol.

 

Había una paloma

con las alas de goma,

un árbol, una sombra, un manantial,

y un hombre descansando

mientras iban llegando

tres magos con regalos de cristal.

 

Pintada sobre un cielo

de luz de terciopelo

la luna se ha pegado en el pincel.

El día se ha encendido,

el aire ha florecido

y el sol es una rosa de papel.

 

En lo alto del tejado

la alondra se ha posado,

y el agua, que no deja de pasar,

va abriéndose camino

 corriendo a su destino.

Desde la fuente al río, y de él al mar.

 

 

 

 

Monodia

 

Día negro como humo de carbón.

Día de negro luto.

Día negro de nubes

de tormenta.

 

Día negro, el de los asesinos.

Día negro de noche sin estrellas.

 

Día negro de día,

día negro de noche,

día negro de gritos de dolor.

Día negro de los torturados.

Día negro con su veneno oscuro.

Día negro de abusos y violencias.

Día negro, día aciago, día nefasto.

Día negro de espasmos en el alma.

 

Día negro del llanto.

Día negro del llanto.

Día negro de ruido de motores.

 

Día negro de hambre.

Día negro de sed.

Día negro de calle sin salida.

 

Día negro, sol negro, luna negra.

Día negro, luz negra,

negra muerte...

 

 

 

 

 

Caída

 

Todos los golpes caen

sobre la misma herida,

el mismo centro,

 

sobre el mismo dolor, diseminado,

concentrado, presente, inolvidable...

 

Todos los golpes duelen,

del primero hasta el último –inconsciente

de ser último al fin–:

 

los más dañinos,

los densos, los colmados de guijarros,

los que llevan fantasmas en la manga

del corredor, los que alzan ­–como ramos

de desecados nervios terminales–

su impasible y cruenta geometría,

su fisura sin liquen,

su reconciliación en el vacío...

 

Todos los golpes caen,

todos los golpes duelen,

todos los golpes saben a ceniza,

a discordia de hoguera,

a odio amarillo,

a mudez rencorosa,

a inconciliable

torrentera de amargos pensamientos.

 

Permanentes, cogidos de la mano,

de uno en uno o en grumos de destino,

todos los golpes caen con cada golpe;

uno es uno y es todos, renovados,

repetidos, brutales,

incesantes...

 

Todas y cada una de las veces,

todos son criminales,

ya lo sabes.

Todos son asesinos,

impasibles...

 

Todos los golpes son

definitivos.

 

 

 

 

 Naturaleza muerta

 

Viento del sur, huyendo.

Aire del sur, llorando.

El agua negra y los zapatos

rojos.

 

Pozos de alba

de noche de ceniza.

 

Aire y veneno.

Viento. Sí.

Llorando.

 

 

 

 

 

Diluvio

 

Feroz el asesino.

El aire, ciego.

 

Los cajones. Los cuerpos.

Alineados.

 

El mundo en ruina, y los niños,

muertos.

 

 

 

 

 

Elogio

 

Celebremos a los nuevos héroes

bombardeando escuelas y hospitales,

obteniendo triunfos victoriosos

sobre enfermos y médicos y niños.

 

Celebremos a los grandes héroes

siempre esforzados en su bello oficio,

como ángeles llevados por sus alas

destruyendo las vidas con su juego

y las viejas ciudades de los hombres.

 

Celebremos, sí, a los grandes héroes

con el cuerpo cubierto de radares

y medallas de siempre alegres tonos,

héroes que se defienden atacando

antes de que nadie les ataque,

arrojando misiles, arrojando

sus poderosas máquinas de fuego.

 

Celebremos a los grandes héroes

destruyendo pequeñas

barcas de pescadores indefensos

con afán de petróleo y de conquista.

 

Celebremos, sí, a los nuevos héroes

que afrontan la muerte de los otros

con serenidad y simpatía

mientras se cobran sus mejores piezas

en las colas de los alimentos,

sí, en las colas del hambre

y del reparto de las medicinas.

“Hagamos el trabajo cuanto antes,

destruyamos sus vidas, es su grito.”

 

Celebremos al héroe moderno,

al negociante y al soberano,

jugador ventajista. Celebremos

su dedicación humanitaria,

su actividad pacificadora

­cuando no quede nada que matar.

 

 

 

 

 

El visitante

 

Madre, en la puerta hay un niño.

 

Madre, en la puerta hay un niño.

¿Qué le digo?

 

Parece que tiene sueño.

¿Qué le digo?

 

Parece que tiene frío.

¿Qué le digo?

 

Madre, el niño está muerto.

¡Está muerto, madre!

¿Qué le digo?

 

 

 

 

 

Un duelo

(fragmentos)

 

... llora el sol, llora el mundo,

lloran los cuatro puntos cardinales,

llora el sur, llora el norte,

como lloran el este y el oeste,

lloran las palabras y las cosas,

llora la piedra, lloran los zapatos,

llora la densidad, llora el camino,

llora la sombra, llora la serpiente,

llora el árbol azul, lloran los goznes

de la puerta del aire, llora el tiempo

sin edad, el espejo sin reflejo,

la soledad, las dunas, los motores,

lloran la rosa, el pájaro, el rocío,

lloran los ácidos, llora la nostalgia,

llora el dios que no hay, lloran los sueños,

lloran las esperanzas olvidadas,

llora el recuerdo, llora la memoria,

llora la noche, lloran los sonidos,

lloran las calles, llora la fortuna,

lloran las pérdidas, lloran los encuentros,

lloran los muelles, los barcos, los adioses,

lloran los niños que han asesinado,

lloran las cosas, lloran las palabras...

 

 

 

 

 

Catálogo

 

El primero desnudo,

oscilando en el borde del abismo.

 

El segundo de sal. Petrificado.

 

El tercero un espectro,

las vísceras colgando en torno al cuello.

 

El cuarto

como una flor de sangre,

 

y el quinto sin sexo.

 

El sexto con el cabello ardiendo en llamas.

 

El séptimo rendido sobre el suelo,

maldiciendo su vida y

blasfemando.

 

El octavo

cortándose las venas.

 

El noveno yacente, amortajado.

 

El décimo olvidado sobre un cesto,

con el cuerpo tronzado,

como un muñón de carne

coagulada.

 

El undécimo, un grito.

 

El duodécimo puesto sobre el cepo,

con las alas tronchadas

y los ojos volcados

hacia dentro.

 

El trigésimo, el último

de los ángeles muertos,

como gallinas puestas a secar.

 

 

 

 

  

Panfleto

 

En el Imperio de la diferencia,

en el rincón de la conformidad...

Los viscosos gusanos, y las ratas

asomando el hocico en el oeste.

 

Asomando el hocico y enseñando

los dientes, repitiendo su amenaza,

desde el siniestro Imperio del oeste

y la sangre reseca entre basuras.

 

Blancas ratas y húmedos gusanos,

el himno de la usura es su canción.

Finos dientes y aliento venenoso

y los aros viscosos que se arrastran.

 

En el Imperio de la diferencia

imponen las tarántulas su ley.

Un aguijón, y una red de humo,

y una boca cariada en

el oeste...

 

 

 

 

 

Malos días

 

Hoy el día está oscuro,

como si no hubiera amanecido.

 

Hoy el viento aparece detenido,

detenido y envuelto

en su gran capa color gris cobalto.

 

Aunque parezca un siempre

–con el siempre de nunca y nunca más,

con el sabor a no, con el sabor a nada,

con el cabello ralo, estropajoso–

es sólo un día menos, ningún día.

 

Y se abre el cielo,

y se enciende el fuego,

y los muertos te miran, espantados.

 

Hoy bombardean Gaza, una vez más.

 

 

 

 

 

Impotencia

 

¿Para qué escribir esto?

Para nada.

 

El tizón rojo abrasa el alma

blanca.

 

¿Para que escribir esto?

No lo sabe.

 

Diluvios de dolor,

mares de sangre.

 

 

 

 

 

Contabilidad

 

¿Cuánta sangre

vertida?

 

¿Cuánto cobra el verdugo?

¿Cuánto gana

 

el que guía el desfile de asesinos?

 

¿Cuántas son las monedas

de la sombra...?

 

Las niñas muertas y la escuela en llamas...


 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

La eterna canción

 

Ruina y sangre,

y escombro y ruina y sangre...

 

“Semejante

a la noche”[2].

 

El mal en la raíz, el odio eterno

que se cree distinto.

Y su potencia...

 

“Semejante a

la noche”.

 

Desgarrando la luz en la tiniebla

–la verdad de la luz–.

Y la venganza,

la rapiña, las ansias del dominio,

y los monstruos y pájaros de acero...

 

“Semejante a la

noche”.

 

Criminales de arañas y babosas,

asesinos de barro y de petróleo...

Baja el ardiente río,

y los cadáveres

entregados al fuego y la locura

de las bestias y pájaros de muerte.

 

“Semejante a la

Noche”.

 

 

 

 

 

Tras el sueño

 

Tras haber descansado

mucho tiempo,

 

despertó sorprendido. Era

temprano.

Le pareció que estaba amaneciendo

 

y le llegaba un olor de fondo,

como a carne quemada y fuego oscuro.

 

Se movió un poco entonces

–hacía siglos que ni se movía–

y lo deslumbraron

de repente

unas llamas rojizas, gigantescas,

como una columna que intentara

abrasar todo el cielo,

y vio en torno correr unas figuras

alimentando el fuego sin descanso.

 

En las llamas ardían los millones

de los seres, los hombres y las cosas,

y los servidores de la hoguera,

coronados con nudos de serpientes,

bailaban y cantaban,

delirando.

 

Después –quizá después de mucho tiempo–

comprendió de repente

qué decían los versos

de aquel himno:

 

“Ya están listas las cestas,

y las víctimas junto a los altares”[3].

 

La insaciable hoguera

era la luz

que había confundido con la aurora.

 

 

 

 

Canción de cuna

 

No llegues, niño,

nunca a nacer,

que el ogro-mundo

te ha de comer.

 

El ogro-mundo

que vive acá,

si naces, niño,

te comerá.

 

No nazcas, niño,

a este dolor.

No haber nacido

siempre es mejor.

 

Mejor es siempre

no ser, no estar.

Mi niño, ausente y

sin despertar.

 

En este mundo,

todo es perder.

La vida es triste.

Mejor, no ser.

 

 

 

 


  

 

Ocaso

 

Un velo de luto sobre el mundo,

un espeso, un áspero velo

que custodia el cadáver

–el futuro cadáver–

de la tierra.

 

Un espejo de sangre,

un espejo de sangre sobre el mundo,

un reflejo de sangre y de maldad

desde un eje a otro eje,

desde un polo a otro polo, custodiando

las amargas cenizas de la tierra.

 

Amargura y silencio,

amargura, silencio, deserción

y el sepulcro sin nombre de la tierra.

 

 

 

 

 

 

 



[1] Para acunar a los miles de niños asesinados en Gaza y en Teherán.

[2] Homero, Ilíada I.

[3] Esquines, Contra Ctesifonte.

 

Los carteles que ilustran los poemas son obra de Samia Halaby (Jerusalén, 1936).