miércoles, 29 de julio de 2026

LA ESCUELA DEL PERIODISMO PALESTINO

 


Qassam Muaddi


Carta desde Palestina: La escuela del periodismo palestino

Durante años, los medios de comunicación dominantes han dado lecciones a los periodistas palestinos sobre la importancia de la «objetividad». Pero el genocidio en Gaza nos ha hecho darnos cuenta de que ellos son los menos objetivos de todos.

Hace ocho años, solicité una vacante en una agencia de noticias occidental y me rechazaron. No me afectó demasiado, sobre todo porque el puesto vacante era demasiado alto para la escasa experiencia que tenía en aquel momento. Pero unas semanas más tarde, un amigo que trabajaba allí me dijo que no habían tenido en cuenta ninguna solicitud de palestinos. La preocupación de la agencia era que un periodista palestino no fuera lo suficientemente objetivo para ocupar un puesto clave en la elaboración de noticias y reportajes sobre Palestina.

Esa fue mi propia experiencia con un fenómeno que muchos periodistas palestinos conocen de sobra. Algunos lo han vivido incluso de forma más personal. Todos sabemos que podemos colaborar con periodistas occidentales como coordinadores, corresponsales o intérpretes, pero solo en contadas ocasiones se nos confía la elaboración de un reportaje para un medio occidental de gran tirada de principio a fin.

La razón de esta desconfianza se reduce al difuso concepto de «objetividad» y a las diferentes formas de entenderlo. También es un principio fundamental del periodismo por el que se supone que debemos esforzarnos. Los editores occidentales nos sermonean sobre su importancia y, como resultado, nos han hecho sentir mal con nosotros mismos, como si nos faltara profesionalidad por cubrir los acontecimientos de nuestro país desde la perspectiva de nuestra gente, por utilizar su vocabulario y por no mantener una distancia suficiente respecto a sus experiencias vividas.

En 2017, un periodista extranjero para el que trabajaba como coordinador me dijo que su trabajo en Palestina consistía en describir los acontecimientos, no lo que significaban para las personas que los vivían. Cuando le dije que algún día habría una máquina capaz de hacer precisamente eso —poco sabía yo del auge de la inteligencia artificial que se avecinaba—, me respondió que, efectivamente, una máquina sería más objetiva que el más objetivo de entre nosotros.

Como periodistas palestinos, tenemos que hacernos muchas preguntas: si elegimos esta profesión para dar voz a la realidad de nuestro pueblo, ¿cómo lo hacemos sin volvernos tan desalmados y anodinos como un algoritmo? ¿Qué significa cuando decimos que el periodismo es una profesión humanista? ¿Y qué diferencia hay entre ser palestino o no, si vamos a ser objetivos?

En los últimos dos años y medio, el genocidio en Gaza nos ha abierto los ojos a muchos de nosotros ante algo que no habíamos tenido suficientemente en cuenta: aquellos que nos daban lecciones sobre cómo ser objetivos eran los menos objetivos de todos.

Las narrativas se construían en torno a mentiras, hechos tergiversados y artículos periodísticos elogiados que carecían por completo de pruebas y eran sistemáticamente sesgados. Las afirmaciones israelíes se aceptaban sin más, mientras que las cifras palestinas se ponían sistemáticamente en duda o se ignoraban. El «gaslighting», sin embargo, se manifestaba abiertamente.

Estas prácticas no solo falsificaban la realidad o engañaban al público, sino que permitieron que se produjera un genocidio en tiempo real.

No se trataba solo de una falta de objetividad, sino de la facilitación activa de la masacre por parte de algunos de los medios de comunicación más grandes y prestigiosos.

Pero darme cuenta de esto no elimina la pregunta que debemos responder por nuestra cuenta, independientemente del sesgo tácito de los medios de comunicación dominantes: ¿qué es la objetividad y cómo la ponemos en práctica como periodistas palestinos?

La respuesta a esta pregunta, para mí, también llegó desde Gaza. A lo largo de los años, la concienciación de la opinión pública mundial sobre Palestina creció al mismo tiempo que aumentaba el conocimiento sobre la realidad en Gaza. Este conocimiento llegó a través de informes de grupos de derechos humanos y otras fuentes, pero no habría sido posible sin el trabajo de los periodistas palestinos sobre el terreno, que se han comprometido con una única cosa: mostrar la realidad —toda la realidad— y nada más que la realidad.

Mostrar la realidad ha significado convertir los hechos vivos de la vida en el tema central de sus reportajes. No declaraciones sobre los hechos, ni comentarios sobre ellos, ni narrativas abstractas al respecto, ni siquiera debates sobre interpretaciones contradictorias de los hechos. Se trata de los elementos materiales de la vida y de la violencia que los desfigura. Se trata de documentar cada muerte, cada destrucción, cada esfuerzo por reconstruir y seguir adelante.

«Toda la verdad» significa que los hechos no se limitan a los acontecimientos, sino que abarcan también cómo las personas los viven y los entienden, y el coste humano que acarrean. ¿Cómo asimilan sus experiencias las personas que viven los acontecimientos, que pierden a sus seres queridos, sus hogares y años de su vida en prisión? Cómo se ve alterado su futuro y cómo hablan de ello.

«Nada más que la realidad» significa que no tenemos que mezclar el reportaje de la realidad con nuestra opinión al respecto. Porque la realidad por sí sola, cruda y sin adornos, es el mayor desafío para sus narrativas propagandísticas. Los periodistas de Gaza confiaron en la inteligencia de su público en todo el mundo para comprender y formarse su propia opinión sobre la verdad de lo que estaba ocurriendo en Palestina. Y así ha sido.

Como palestinos, formamos parte de la realidad que cubrimos, lo que nos da acceso a una parte de ella a la que los medios de comunicación extranjeros no tienen acceso. Conocemos el lenguaje cultural, psicológico y social de nuestro pueblo y sabemos cómo interactúa con la realidad. Lo que aportamos es algo que a los periodistas extranjeros les cuesta captar, sobre todo porque no aparecería en las posiciones oficiales de los líderes palestinos: nuestra voz.

Si realmente existiera una cobertura objetiva de Palestina por parte de los medios de comunicación dominantes, esta voz habría estado presente desde el principio. En cambio, los palestinos somos objetos pasivos cuyas historias cuentan otros.

 

Precisamente por eso contamos nuestras propias historias. Toda la realidad, y nada más que la realidad. La agonía de una madre que ha perdido a su hijo, la lucha de un agricultor por permanecer en su tierra y el camino de un detenido puesto en libertad para afrontar su dolor y reconstruir su vida son los elementos que conforman esa realidad.

Y mientras sigamos haciéndolo, ya no nos intimidarán quienes intentan darnos lecciones de objetividad, porque son ellos quienes permiten la injusticia impuesta a nuestro pueblo. Mientras tanto, seguiremos impartiendo nuestra escuela de periodismo humano. Seguiremos transmitiendo el lenguaje de nuestras calles y nuestras comunidades con una cercanía a la realidad que ninguna agencia de los medios dominantes puede aspirar a alcanzar.

Artículo completo en Mondoweiss

Qassam Muaddi es el redactor especializado en Palestina de Mondoweiss. Síguelo en Twitter/X en @QassaMMuaddi. 

 

 

domingo, 10 de mayo de 2026

POESÍA CONTRA EL GENOCIDIO: Planto, por Juan Barja

 

 

 

Samia Halaby "Palestine is our Home"

 

 

 

 

Planto, por Juan Barja

 

 

 

Villancico[1]

 

Jugando entre las flores

cantaban los pastores

y un ángel dormitaba en el portal,

y había una doncella

y un niño y una estrella

y un buey y una mulilla de metal.

 

La luz iba aumentando,

la noche iba soñando

que el día ya venía con el sol,

y un verde pajarito

cogía con el pico

semillas de la flor de un girasol.

 

Había una paloma

con las alas de goma,

un árbol, una sombra, un manantial,

y un hombre descansando

mientras iban llegando

tres magos con regalos de cristal.

 

Pintada sobre un cielo

de luz de terciopelo

la luna se ha pegado en el pincel.

El día se ha encendido,

el aire ha florecido

y el sol es una rosa de papel.

 

En lo alto del tejado

la alondra se ha posado,

y el agua, que no deja de pasar,

va abriéndose camino

 corriendo a su destino.

Desde la fuente al río, y de él al mar.

 

 

 

 

Monodia

 

Día negro como humo de carbón.

Día de negro luto.

Día negro de nubes

de tormenta.

 

Día negro, el de los asesinos.

Día negro de noche sin estrellas.

 

Día negro de día,

día negro de noche,

día negro de gritos de dolor.

Día negro de los torturados.

Día negro con su veneno oscuro.

Día negro de abusos y violencias.

Día negro, día aciago, día nefasto.

Día negro de espasmos en el alma.

 

Día negro del llanto.

Día negro del llanto.

Día negro de ruido de motores.

 

Día negro de hambre.

Día negro de sed.

Día negro de calle sin salida.

 

Día negro, sol negro, luna negra.

Día negro, luz negra,

negra muerte...

 

 

 

 

 

Caída

 

Todos los golpes caen

sobre la misma herida,

el mismo centro,

 

sobre el mismo dolor, diseminado,

concentrado, presente, inolvidable...

 

Todos los golpes duelen,

del primero hasta el último –inconsciente

de ser último al fin–:

 

los más dañinos,

los densos, los colmados de guijarros,

los que llevan fantasmas en la manga

del corredor, los que alzan ­–como ramos

de desecados nervios terminales–

su impasible y cruenta geometría,

su fisura sin liquen,

su reconciliación en el vacío...

 

Todos los golpes caen,

todos los golpes duelen,

todos los golpes saben a ceniza,

a discordia de hoguera,

a odio amarillo,

a mudez rencorosa,

a inconciliable

torrentera de amargos pensamientos.

 

Permanentes, cogidos de la mano,

de uno en uno o en grumos de destino,

todos los golpes caen con cada golpe;

uno es uno y es todos, renovados,

repetidos, brutales,

incesantes...

 

Todas y cada una de las veces,

todos son criminales,

ya lo sabes.

Todos son asesinos,

impasibles...

 

Todos los golpes son

definitivos.

 

 

 

 

 Naturaleza muerta

 

Viento del sur, huyendo.

Aire del sur, llorando.

El agua negra y los zapatos

rojos.

 

Pozos de alba

de noche de ceniza.

 

Aire y veneno.

Viento. Sí.

Llorando.

 

 

 

 

 

Diluvio

 

Feroz el asesino.

El aire, ciego.

 

Los cajones. Los cuerpos.

Alineados.

 

El mundo en ruina, y los niños,

muertos.

 

 

 

 

 

Elogio

 

Celebremos a los nuevos héroes

bombardeando escuelas y hospitales,

obteniendo triunfos victoriosos

sobre enfermos y médicos y niños.

 

Celebremos a los grandes héroes

siempre esforzados en su bello oficio,

como ángeles llevados por sus alas

destruyendo las vidas con su juego

y las viejas ciudades de los hombres.

 

Celebremos, sí, a los grandes héroes

con el cuerpo cubierto de radares

y medallas de siempre alegres tonos,

héroes que se defienden atacando

antes de que nadie les ataque,

arrojando misiles, arrojando

sus poderosas máquinas de fuego.

 

Celebremos a los grandes héroes

destruyendo pequeñas

barcas de pescadores indefensos

con afán de petróleo y de conquista.

 

Celebremos, sí, a los nuevos héroes

que afrontan la muerte de los otros

con serenidad y simpatía

mientras se cobran sus mejores piezas

en las colas de los alimentos,

sí, en las colas del hambre

y del reparto de las medicinas.

“Hagamos el trabajo cuanto antes,

destruyamos sus vidas, es su grito.”

 

Celebremos al héroe moderno,

al negociante y al soberano,

jugador ventajista. Celebremos

su dedicación humanitaria,

su actividad pacificadora

­cuando no quede nada que matar.

 

 

 

 

 

El visitante

 

Madre, en la puerta hay un niño.

 

Madre, en la puerta hay un niño.

¿Qué le digo?

 

Parece que tiene sueño.

¿Qué le digo?

 

Parece que tiene frío.

¿Qué le digo?

 

Madre, el niño está muerto.

¡Está muerto, madre!

¿Qué le digo?

 

 

 

 

 

Un duelo

(fragmentos)

 

... llora el sol, llora el mundo,

lloran los cuatro puntos cardinales,

llora el sur, llora el norte,

como lloran el este y el oeste,

lloran las palabras y las cosas,

llora la piedra, lloran los zapatos,

llora la densidad, llora el camino,

llora la sombra, llora la serpiente,

llora el árbol azul, lloran los goznes

de la puerta del aire, llora el tiempo

sin edad, el espejo sin reflejo,

la soledad, las dunas, los motores,

lloran la rosa, el pájaro, el rocío,

lloran los ácidos, llora la nostalgia,

llora el dios que no hay, lloran los sueños,

lloran las esperanzas olvidadas,

llora el recuerdo, llora la memoria,

llora la noche, lloran los sonidos,

lloran las calles, llora la fortuna,

lloran las pérdidas, lloran los encuentros,

lloran los muelles, los barcos, los adioses,

lloran los niños que han asesinado,

lloran las cosas, lloran las palabras...

 

 

 

 

 

Catálogo

 

El primero desnudo,

oscilando en el borde del abismo.

 

El segundo de sal. Petrificado.

 

El tercero un espectro,

las vísceras colgando en torno al cuello.

 

El cuarto

como una flor de sangre,

 

y el quinto sin sexo.

 

El sexto con el cabello ardiendo en llamas.

 

El séptimo rendido sobre el suelo,

maldiciendo su vida y

blasfemando.

 

El octavo

cortándose las venas.

 

El noveno yacente, amortajado.

 

El décimo olvidado sobre un cesto,

con el cuerpo tronzado,

como un muñón de carne

coagulada.

 

El undécimo, un grito.

 

El duodécimo puesto sobre el cepo,

con las alas tronchadas

y los ojos volcados

hacia dentro.

 

El trigésimo, el último

de los ángeles muertos,

como gallinas puestas a secar.

 

 

 

 

  

Panfleto

 

En el Imperio de la diferencia,

en el rincón de la conformidad...

Los viscosos gusanos, y las ratas

asomando el hocico en el oeste.

 

Asomando el hocico y enseñando

los dientes, repitiendo su amenaza,

desde el siniestro Imperio del oeste

y la sangre reseca entre basuras.

 

Blancas ratas y húmedos gusanos,

el himno de la usura es su canción.

Finos dientes y aliento venenoso

y los aros viscosos que se arrastran.

 

En el Imperio de la diferencia

imponen las tarántulas su ley.

Un aguijón, y una red de humo,

y una boca cariada en

el oeste...

 

 

 

 

 

Malos días

 

Hoy el día está oscuro,

como si no hubiera amanecido.

 

Hoy el viento aparece detenido,

detenido y envuelto

en su gran capa color gris cobalto.

 

Aunque parezca un siempre

–con el siempre de nunca y nunca más,

con el sabor a no, con el sabor a nada,

con el cabello ralo, estropajoso–

es sólo un día menos, ningún día.

 

Y se abre el cielo,

y se enciende el fuego,

y los muertos te miran, espantados.

 

Hoy bombardean Gaza, una vez más.

 

 

 

 

 

Impotencia

 

¿Para qué escribir esto?

Para nada.

 

El tizón rojo abrasa el alma

blanca.

 

¿Para que escribir esto?

No lo sabe.

 

Diluvios de dolor,

mares de sangre.

 

 

 

 

 

Contabilidad

 

¿Cuánta sangre

vertida?

 

¿Cuánto cobra el verdugo?

¿Cuánto gana

 

el que guía el desfile de asesinos?

 

¿Cuántas son las monedas

de la sombra...?

 

Las niñas muertas y la escuela en llamas...


 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

La eterna canción

 

Ruina y sangre,

y escombro y ruina y sangre...

 

“Semejante

a la noche”[2].

 

El mal en la raíz, el odio eterno

que se cree distinto.

Y su potencia...

 

“Semejante a

la noche”.

 

Desgarrando la luz en la tiniebla

–la verdad de la luz–.

Y la venganza,

la rapiña, las ansias del dominio,

y los monstruos y pájaros de acero...

 

“Semejante a la

noche”.

 

Criminales de arañas y babosas,

asesinos de barro y de petróleo...

Baja el ardiente río,

y los cadáveres

entregados al fuego y la locura

de las bestias y pájaros de muerte.

 

“Semejante a la

Noche”.

 

 

 

 

 

Tras el sueño

 

Tras haber descansado

mucho tiempo,

 

despertó sorprendido. Era

temprano.

Le pareció que estaba amaneciendo

 

y le llegaba un olor de fondo,

como a carne quemada y fuego oscuro.

 

Se movió un poco entonces

–hacía siglos que ni se movía–

y lo deslumbraron

de repente

unas llamas rojizas, gigantescas,

como una columna que intentara

abrasar todo el cielo,

y vio en torno correr unas figuras

alimentando el fuego sin descanso.

 

En las llamas ardían los millones

de los seres, los hombres y las cosas,

y los servidores de la hoguera,

coronados con nudos de serpientes,

bailaban y cantaban,

delirando.

 

Después –quizá después de mucho tiempo–

comprendió de repente

qué decían los versos

de aquel himno:

 

“Ya están listas las cestas,

y las víctimas junto a los altares”[3].

 

La insaciable hoguera

era la luz

que había confundido con la aurora.

 

 

 

 

Canción de cuna

 

No llegues, niño,

nunca a nacer,

que el ogro-mundo

te ha de comer.

 

El ogro-mundo

que vive acá,

si naces, niño,

te comerá.

 

No nazcas, niño,

a este dolor.

No haber nacido

siempre es mejor.

 

Mejor es siempre

no ser, no estar.

Mi niño, ausente y

sin despertar.

 

En este mundo,

todo es perder.

La vida es triste.

Mejor, no ser.

 

 

 

 


  

 

Ocaso

 

Un velo de luto sobre el mundo,

un espeso, un áspero velo

que custodia el cadáver

–el futuro cadáver–

de la tierra.

 

Un espejo de sangre,

un espejo de sangre sobre el mundo,

un reflejo de sangre y de maldad

desde un eje a otro eje,

desde un polo a otro polo, custodiando

las amargas cenizas de la tierra.

 

Amargura y silencio,

amargura, silencio, deserción

y el sepulcro sin nombre de la tierra.

 

 

 

 

 

 

 



[1] Para acunar a los miles de niños asesinados en Gaza y en Teherán.

[2] Homero, Ilíada I.

[3] Esquines, Contra Ctesifonte.

 

Los carteles que ilustran los poemas son obra de Samia Halaby (Jerusalén, 1936).