Planto, por Juan Barja
Villancico[1]
Jugando entre las flores
cantaban los pastores
y un ángel dormitaba en el portal,
y había una doncella
y un niño y una estrella
y un buey y una mulilla de metal.
La luz iba aumentando,
la noche iba soñando
que el día ya venía con el sol,
y un verde pajarito
cogía con el pico
semillas de la flor de un girasol.
Había una paloma
con las alas de goma,
un árbol, una sombra, un manantial,
y un hombre descansando
mientras iban llegando
tres magos con regalos de cristal.
Pintada sobre un cielo
de luz de terciopelo
la luna se ha pegado en el pincel.
El día se ha encendido,
el aire ha florecido
y el sol es una rosa de papel.
En lo alto del tejado
la alondra se ha posado,
y el agua, que no deja de pasar,
va abriéndose camino
corriendo a su destino.
Desde la fuente al río, y de él al mar.
Monodia
Día negro como humo de carbón.
Día de negro luto.
Día negro de nubes
de tormenta.
Día negro, el de los asesinos.
Día negro de noche sin estrellas.
Día negro de día,
día negro de noche,
día negro de gritos de dolor.
Día negro de los torturados.
Día negro con su veneno oscuro.
Día negro de abusos y violencias.
Día negro, día aciago, día nefasto.
Día negro de espasmos en el alma.
Día negro del llanto.
Día negro del llanto.
Día negro de ruido de motores.
Día negro de hambre.
Día negro de sed.
Día negro de calle sin salida.
Día negro, sol negro, luna negra.
Día negro, luz negra,
negra muerte...
Caída
Todos los golpes caen
sobre la misma herida,
el mismo centro,
sobre el mismo dolor, diseminado,
concentrado, presente, inolvidable...
Todos los golpes duelen,
del primero hasta el último –inconsciente
de ser último al fin–:
los más dañinos,
los densos, los colmados de guijarros,
los que llevan fantasmas en la manga
del corredor, los que alzan –como ramos
de desecados nervios terminales–
su impasible y cruenta geometría,
su fisura sin liquen,
su reconciliación en el vacío...
Todos los golpes caen,
todos los golpes duelen,
todos los golpes saben a ceniza,
a discordia de hoguera,
a odio amarillo,
a mudez rencorosa,
a inconciliable
torrentera de amargos pensamientos.
Permanentes, cogidos de la mano,
de uno en uno o en grumos de destino,
todos los golpes caen con cada golpe;
uno es uno y es todos, renovados,
repetidos, brutales,
incesantes...
Todas y cada una de las veces,
todos son criminales,
ya lo sabes.
Todos son asesinos,
impasibles...
Todos los golpes son
definitivos.
Naturaleza muerta
Viento del sur, huyendo.
Aire del sur, llorando.
El agua negra y los zapatos
rojos.
Pozos de alba
de noche de ceniza.
Aire y veneno.
Viento. Sí.
Llorando.
Diluvio
Feroz el asesino.
El aire, ciego.
Los cajones. Los cuerpos.
Alineados.
El mundo en ruina, y los niños,
muertos.
Elogio
Celebremos a los nuevos héroes
bombardeando escuelas y hospitales,
obteniendo triunfos victoriosos
sobre enfermos y médicos y niños.
Celebremos a los grandes héroes
siempre esforzados en su bello oficio,
como ángeles llevados por sus alas
destruyendo las vidas con su juego
y las viejas ciudades de los hombres.
Celebremos, sí, a los grandes héroes
con el cuerpo cubierto de radares
y medallas de siempre alegres tonos,
héroes que se defienden atacando
antes de que nadie les ataque,
arrojando misiles, arrojando
sus poderosas máquinas de fuego.
Celebremos a los grandes héroes
destruyendo pequeñas
barcas de pescadores indefensos
con afán de petróleo y de conquista.
Celebremos, sí, a los nuevos héroes
que afrontan la muerte de los otros
con serenidad y simpatía
mientras se cobran sus mejores piezas
en las colas de los alimentos,
sí, en las colas del hambre
y del reparto de las medicinas.
“Hagamos el trabajo cuanto antes,
destruyamos sus vidas, es su grito.”
Celebremos al héroe moderno,
al negociante y al soberano,
jugador ventajista. Celebremos
su dedicación humanitaria,
su actividad pacificadora
cuando no quede nada que matar.
El visitante
Madre, en la puerta hay un niño.
Madre, en la puerta hay un niño.
¿Qué le digo?
Parece que tiene sueño.
¿Qué le digo?
Parece que tiene frío.
¿Qué le digo?
Madre, el niño está muerto.
¡Está muerto, madre!
¿Qué le digo?
Un duelo
(fragmentos)
... llora el sol, llora el mundo,
lloran los cuatro puntos cardinales,
llora el sur, llora el norte,
como lloran el este y el oeste,
lloran las palabras y las cosas,
llora la piedra, lloran los zapatos,
llora la densidad, llora el camino,
llora la sombra, llora la serpiente,
llora el árbol azul, lloran los goznes
de la puerta del aire, llora el tiempo
sin edad, el espejo sin reflejo,
la soledad, las dunas, los motores,
lloran la rosa, el pájaro, el rocío,
lloran los ácidos, llora la nostalgia,
llora el dios que no hay, lloran los sueños,
lloran las esperanzas olvidadas,
llora el recuerdo, llora la memoria,
llora la noche, lloran los sonidos,
lloran las calles, llora la fortuna,
lloran las pérdidas, lloran los encuentros,
lloran los muelles, los barcos, los adioses,
lloran los niños que han asesinado,
lloran las cosas, lloran las palabras...
Catálogo
El primero desnudo,
oscilando en el borde del abismo.
El segundo de sal. Petrificado.
El tercero un espectro,
las vísceras colgando en torno al cuello.
El cuarto
como una flor de sangre,
y el quinto sin sexo.
El sexto con el cabello ardiendo en llamas.
El séptimo rendido sobre el suelo,
maldiciendo su vida y
blasfemando.
El octavo
cortándose las venas.
El noveno yacente, amortajado.
El décimo olvidado sobre un cesto,
con el cuerpo tronzado,
como un muñón de carne
coagulada.
El undécimo, un grito.
El duodécimo puesto sobre el cepo,
con las alas tronchadas
y los ojos volcados
hacia dentro.
El trigésimo, el último
de los ángeles muertos,
como gallinas puestas a secar.
Panfleto
En el Imperio de la diferencia,
en el rincón de la conformidad...
Los viscosos gusanos, y las ratas
asomando el hocico en el oeste.
Asomando el hocico y enseñando
los dientes, repitiendo su amenaza,
desde el siniestro Imperio del oeste
y la sangre reseca entre basuras.
Blancas ratas y húmedos gusanos,
el himno de la usura es su canción.
Finos dientes y aliento venenoso
y los aros viscosos que se arrastran.
En el Imperio de la diferencia
imponen las tarántulas su ley.
Un aguijón, y una red de humo,
y una boca cariada en
el oeste...
Malos días
Hoy el día está oscuro,
como si no hubiera amanecido.
Hoy el viento aparece detenido,
detenido y envuelto
en su gran capa color gris cobalto.
Aunque parezca un siempre
–con el siempre de nunca y nunca más,
con el sabor a no, con el sabor a nada,
con el cabello ralo, estropajoso–
es sólo un día menos, ningún día.
Y se abre el cielo,
y se enciende el fuego,
y los muertos te miran, espantados.
Hoy bombardean Gaza, una vez más.
Impotencia
¿Para qué escribir esto?
Para nada.
El tizón rojo abrasa el alma
blanca.
¿Para que escribir esto?
No lo sabe.
Diluvios de dolor,
mares de sangre.
Contabilidad
¿Cuánta sangre
vertida?
¿Cuánto cobra el verdugo?
¿Cuánto gana
el que guía el desfile de asesinos?
¿Cuántas son las monedas
de la sombra...?
Las niñas muertas y la escuela en llamas...
La eterna canción
Ruina y sangre,
y escombro y ruina y sangre...
“Semejante
a la noche”[2].
El mal en la raíz, el odio eterno
que se cree distinto.
Y su potencia...
“Semejante a
la noche”.
Desgarrando la luz en la tiniebla
–la verdad de la luz–.
Y la venganza,
la rapiña, las ansias del dominio,
y los monstruos y pájaros de acero...
“Semejante a la
noche”.
Criminales de arañas y babosas,
asesinos de barro y de petróleo...
Baja el ardiente río,
y los cadáveres
entregados al fuego y la locura
de las bestias y pájaros de muerte.
“Semejante a la
Noche”.
Tras el sueño
Tras haber descansado
mucho tiempo,
despertó sorprendido. Era
temprano.
Le pareció que estaba amaneciendo
y le llegaba un olor de fondo,
como a carne quemada y fuego oscuro.
Se movió un poco entonces
–hacía siglos que ni se movía–
y lo deslumbraron
de repente
unas llamas rojizas, gigantescas,
como una columna que intentara
abrasar todo el cielo,
y vio en torno correr unas figuras
alimentando el fuego sin descanso.
En las llamas ardían los millones
de los seres, los hombres y las cosas,
y los servidores de la hoguera,
coronados con nudos de serpientes,
bailaban y cantaban,
delirando.
Después –quizá después de mucho tiempo–
comprendió de repente
qué decían los versos
de aquel himno:
“Ya están listas las cestas,
y las víctimas junto a los altares”[3].
La insaciable hoguera
era la luz
que había confundido con la aurora.
Canción de cuna
No llegues, niño,
nunca a nacer,
que el ogro-mundo
te ha de comer.
El ogro-mundo
que vive acá,
si naces, niño,
te comerá.
No nazcas, niño,
a este dolor.
No haber nacido
siempre es mejor.
Mejor es siempre
no ser, no estar.
Mi niño, ausente y
sin despertar.
En este mundo,
todo es perder.
La vida es triste.
Mejor, no ser.
Ocaso
Un velo de luto sobre el mundo,
un espeso, un áspero velo
que custodia el cadáver
–el futuro cadáver–
de la tierra.
Un espejo de sangre,
un espejo de sangre sobre el mundo,
un reflejo de sangre y de maldad
desde un eje a otro eje,
desde un polo a otro polo, custodiando
las amargas cenizas de la tierra.
Amargura y silencio,
amargura, silencio, deserción
y el sepulcro sin nombre de la tierra.
[1] Para acunar a los miles de niños asesinados en Gaza y en Teherán.
[2] Homero, Ilíada I.
[3] Esquines, Contra Ctesifonte.
Los carteles que ilustran los poemas son obra de Samia Halaby (Jerusalén, 1936).
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